This Charming Man



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A List Of Things That Make Life Worth Living

(By RockStroke)



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Que un escritor, o simplemente un ser humano, residente en un país totalitario, tenga que acogerse obligatoriamente a las circunstancias terroríficas que allí imperan, y simule adaptarse e incluso cooperar con dicho sistema, es patético, pero comprensible. Los que hemos vivido bajo esas dictaduras, perfectas en su minucioso pavor, sabemos hasta dónde tiene que llegar el hombre en su simulación, renuncia y vileza para sencillamente sobrevivir.No puede haber moral ni en el siervo ni en el señor. En el siervo, por estar obligado a serlo; en el señor, por mantener la servidumbre.Ahora bien, que un escritor como el señor Gabriel García Márquez, que ha escrito y ha vivido en el mundo occidental, donde su obra ha tenido una inmensa repercusión y acogida, que le han garantizado un modo de vida y un prestigio intelectual; que un escritor como él, amparándose en la libertad y posibilidades que ese mundo le brinda, use de ellas para hacerle la apología al totalitarismo comunista que convierte a los intelectuales en gendarmes y a los gendarmes en criminales, es sencillamente indignante. Y esa es la actitud de Gabriel García Márquez, quien al parecer ha olvidado que el oficio de escritor es un privilegio de hombres libres, y que al ponerse al lado de las dictaduras, tanto latinoamericanas como orientales, está cavando su propia sepultura como escritor y haciéndole el juego a los esbirros institucionalizados por fuerza que, escalando por la esperanza del hombre, lo reducen luego a la triste condición de rata acosada, obligada a aplaudir incesantemente su propia prisión y su supremo carcelero. En varias ocasiones el señor García Márquez, niño mimado de la prensa occidental, pleno usufructuario del confort y las garantías que le ofrecen los países del llamado “mundo capitalista”, ha hecho declaraciones condenando a los millones de vietnamitas que, en acción desesperada y suicida, se lanzan al mar huyendo del terror comunista. Ahora, para colmo de la indignación de todos los cubanos amantes de la libertad, García Márquez, huésped de honor de Fidel Castro en los recientes festejos del Primero de mayo, ha condenado con su actitud y sus palabras la acción de los diez mil cubanos refugiados en la Embajada del Perú, atribuyendo lo que está ocurriendo en Cuba a una acción u orientación del llamado “imperialismo norteamericano”. De hecho, García Márquez condena también al millón de cubanos que, a riesgo de sus vidas, intenta lanzarse al mar y, como en Vietnam, perecer o ser libres, aun cuando esa libertad no consista en otra cosa que en poder llegar con vida y semidesnudo a un país extraño. Al parecer, a García Márquez le placen los campos de concentración, las vastas prisiones y el pensamiento amordazado. A esta vedette del comunismo le irrita la fuga de los prisioneros, tal como irritaba a los grandes terratenientes cubanos de los siglos XVIII y XIX la fuga de los negros esclavos de sus plantaciones. Enriquecido por las utilidades contantes y sonantes obtenidas en el mundo capitalista, a García Márquez le molesta que otros hombres aspiren o sueñen con tener sus mismos derechos, el derecho a escribir y hablar, el derecho a vivir y publicar, el derecho a ser ante todo un ser humano y no un anónimo esclavo numerado incesantemente, e informar también incesantemente sobre su propia vida.No cesa el señor García Márquez de entonar incesantes loas a favor de la dictadura castrosoviética. A tal extremo que recientemente declaró al diario Le Monde: “El problema de visitar a hombres como Fidel Castro es que se termina por amarlos demasiado”(!)… Ese amor de García Márquez hacia Fidel Castro y su finca (la isla de Cuba) es sin embargo un amor a distancia. García Márquez va a Cuba sólo de turista (donde es tratado como tal); reside en México y naturalmente en París; y allí, en compañía del ciudadano francés monsieur Julio Cortázar, funge como cortesano y orientador cultural del nuevo presidente.Me pregunto si no es extremadamente cínico que García Márquez, quien hace incesantes apologías a la “revolución cubana” y a su desarrollo cultural y humano, viva sin embargo en París y México, tenga un hijo estudiando en la universidad de Harvard (Estado Unidos), y otro aprenda a tocar el violín en Francia. ¿No invalida esta actitud real la retórica procastrista del acaudalado señor que la emite?… Si García Márquez estuviese de acuerdo con la ideas que expresa, si creyese verdaderamente en ellas, sus hijos estarían en estos momentos recogiendo toronjas en alguna de las llamadas “escuelas al campo” que pululan por toda Cuba, y que consisten en inmensas plantaciones donde el estudiante ha de trabajar obligatoriamente.Pero el hecho más abominable cometido por García Márquez hasta el momento fue el de condenar taimadamente a los obreros polacos (al pueblo polaco), quienes valientemente se empeñan en construir una verdadera sociedad socialista; es decir, tomar el poder y tener los derechos que todos los trabajadores en el mundo verdaderamente democrático poseen. Una vez más García Márquez se ha manifestado en contra de una acción popular, situándose obedientemente del lado del totalitarismo.Ante la pregunta de si se trata de un esbirro o un burro, la respuesta parece caer lamentablemente sobre la primera palabra. O quizás sobre ambas.¿Cuánto cobra directa o indirectamente el autor de Cien Años de Soledad por el cadáver de cada vietnamita o cubano, perdido en el mar al intentar desesperadamente ganarse su libertad? ¿A qué cifra asciende el apoyo político que el comunismo internacional brinda a García Márquez por cada joven apuñalado o ametrallado en las costas cubanas, asesinado a mansalva por el terrible crimen de querer vivir en paz? ¿Cómo y de qué forma lo estimulan Moscú y La Habana para que de escritor respetado y admirado se convierta, ante los atónitos ojos de esos admiradores (entre los que me incluyo), en una suerte de torpe y desinformado esbirro, no por ello menos dañino y lamentable?La búsqueda de la libertad, por cualquier medio que se intente, es la más alta expresión de la dignidad. Condenar o entorpecer ese sentimiento, que jamás podrá ser aniquilado en el corazón del hombre, es una traición imperdonable. Ponerse voluntariamente de parte de los que apuñalan, ametrallan y amordazan a los pueblos, por el hecho de querer cruzar las fronteras de su prisión, es traicionar la historia de la humanidad; porque la historia (es decir, la razón colectiva) estará siempre de parte de esa multitud acosada, de ese hombre que, sin más ideal que el de huir del terror, se refugia en masa en una embajada, aborda un avión o se lanza al mar. La razón pertenece al perseguido. Condenar esa actitud es condenar la vida misma, es condenar la huida del conejo cuando llegan los cazadores o la estampida en el bosque cuando estalla el incendio. La voz de “sálvese el que pueda” parece que le resulta desagradable a García Márquez.Es ya hora de que todos los intelectuales del mundo libre (los demás no existen) tomen una actitud contra este tipo de propagandista sin escrúpulos del totalitarismo que, amparándose en las garantías y las utilidades que la libertad le ofrece, se dedica a socavarla. ¿Puede haber sitio en los países democráticos para aquellos que pretenden aniquilar la democracia? En ese sentido la actitud de los Estados Unidos y de Europa Occidental es sencillamente estúpida y suicida. Esta torpeza e ingenuidad les habrá de costar muy caras. Democracia debe ser la posibilidad que tenga todo hombre de vivir libre y dignamente, y no la tontería de abrir nuestras puertas al maligno, para que nos mine el hogar mientras dorminos y al abrir los ojos (ya demasiado tarde) despertemos en el cepo… Y me pregunto, ¿por qué estos intelectuales apologistas de los paraísos comunistas, no residen en ellos? ¿O es que prefieren cobrar allá y acá, y disfrutar de la comodidad y las garantías del mundo occidental?La paciencia tiene sus límites, sobre todo para aquellos que llevan en el alma o en el cuerpo las humillaciones, vejaciones y chantajes que se padecen bajo los sistemas totalitarios.                                                                             



Reinaldo Arenas                                                                                         

Que un escritor, o simplemente un ser humano, residente en un país totalitario, tenga que acogerse obligatoriamente a las circunstancias terroríficas que allí imperan, y simule adaptarse e incluso cooperar con dicho sistema, es patético, pero comprensible. Los que hemos vivido bajo esas dictaduras, perfectas en su minucioso pavor, sabemos hasta dónde tiene que llegar el hombre en su simulación, renuncia y vileza para sencillamente sobrevivir.
No puede haber moral ni en el siervo ni en el señor. En el siervo, por estar obligado a serlo; en el señor, por mantener la servidumbre.
Ahora bien, que un escritor como el señor Gabriel García Márquez, que ha escrito y ha vivido en el mundo occidental, donde su obra ha tenido una inmensa repercusión y acogida, que le han garantizado un modo de vida y un prestigio intelectual; que un escritor como él, amparándose en la libertad y posibilidades que ese mundo le brinda, use de ellas para hacerle la apología al totalitarismo comunista que convierte a los intelectuales en gendarmes y a los gendarmes en criminales, es sencillamente indignante. Y esa es la actitud de Gabriel García Márquez, quien al parecer ha olvidado que el oficio de escritor es un privilegio de hombres libres, y que al ponerse al lado de las dictaduras, tanto latinoamericanas como orientales, está cavando su propia sepultura como escritor y haciéndole el juego a los esbirros institucionalizados por fuerza que, escalando por la esperanza del hombre, lo reducen luego a la triste condición de rata acosada, obligada a aplaudir incesantemente su propia prisión y su supremo carcelero. En varias ocasiones el señor García Márquez, niño mimado de la prensa occidental, pleno usufructuario del confort y las garantías que le ofrecen los países del llamado “mundo capitalista”, ha hecho declaraciones condenando a los millones de vietnamitas que, en acción desesperada y suicida, se lanzan al mar huyendo del terror comunista. Ahora, para colmo de la indignación de todos los cubanos amantes de la libertad, García Márquez, huésped de honor de Fidel Castro en los recientes festejos del Primero de mayo, ha condenado con su actitud y sus palabras la acción de los diez mil cubanos refugiados en la Embajada del Perú, atribuyendo lo que está ocurriendo en Cuba a una acción u orientación del llamado “imperialismo norteamericano”. De hecho, García Márquez condena también al millón de cubanos que, a riesgo de sus vidas, intenta lanzarse al mar y, como en Vietnam, perecer o ser libres, aun cuando esa libertad no consista en otra cosa que en poder llegar con vida y semidesnudo a un país extraño. Al parecer, a García Márquez le placen los campos de concentración, las vastas prisiones y el pensamiento amordazado. A esta vedette del comunismo le irrita la fuga de los prisioneros, tal como irritaba a los grandes terratenientes cubanos de los siglos XVIII y XIX la fuga de los negros esclavos de sus plantaciones. Enriquecido por las utilidades contantes y sonantes obtenidas en el mundo capitalista, a García Márquez le molesta que otros hombres aspiren o sueñen con tener sus mismos derechos, el derecho a escribir y hablar, el derecho a vivir y publicar, el derecho a ser ante todo un ser humano y no un anónimo esclavo numerado incesantemente, e informar también incesantemente sobre su propia vida.
No cesa el señor García Márquez de entonar incesantes loas a favor de la dictadura castrosoviética. A tal extremo que recientemente declaró al diario Le Monde: “El problema de visitar a hombres como Fidel Castro es que se termina por amarlos demasiado”(!)… Ese amor de García Márquez hacia Fidel Castro y su finca (la isla de Cuba) es sin embargo un amor a distancia. García Márquez va a Cuba sólo de turista (donde es tratado como tal); reside en México y naturalmente en París; y allí, en compañía del ciudadano francés monsieur Julio Cortázar, funge como cortesano y orientador cultural del nuevo presidente.
Me pregunto si no es extremadamente cínico que García Márquez, quien hace incesantes apologías a la “revolución cubana” y a su desarrollo cultural y humano, viva sin embargo en París y México, tenga un hijo estudiando en la universidad de Harvard (Estado Unidos), y otro aprenda a tocar el violín en Francia. ¿No invalida esta actitud real la retórica procastrista del acaudalado señor que la emite?… Si García Márquez estuviese de acuerdo con la ideas que expresa, si creyese verdaderamente en ellas, sus hijos estarían en estos momentos recogiendo toronjas en alguna de las llamadas “escuelas al campo” que pululan por toda Cuba, y que consisten en inmensas plantaciones donde el estudiante ha de trabajar obligatoriamente.
Pero el hecho más abominable cometido por García Márquez hasta el momento fue el de condenar taimadamente a los obreros polacos (al pueblo polaco), quienes valientemente se empeñan en construir una verdadera sociedad socialista; es decir, tomar el poder y tener los derechos que todos los trabajadores en el mundo verdaderamente democrático poseen. Una vez más García Márquez se ha manifestado en contra de una acción popular, situándose obedientemente del lado del totalitarismo.
Ante la pregunta de si se trata de un esbirro o un burro, la respuesta parece caer lamentablemente sobre la primera palabra. O quizás sobre ambas.
¿Cuánto cobra directa o indirectamente el autor de Cien Años de Soledad por el cadáver de cada vietnamita o cubano, perdido en el mar al intentar desesperadamente ganarse su libertad? ¿A qué cifra asciende el apoyo político que el comunismo internacional brinda a García Márquez por cada joven apuñalado o ametrallado en las costas cubanas, asesinado a mansalva por el terrible crimen de querer vivir en paz? ¿Cómo y de qué forma lo estimulan Moscú y La Habana para que de escritor respetado y admirado se convierta, ante los atónitos ojos de esos admiradores (entre los que me incluyo), en una suerte de torpe y desinformado esbirro, no por ello menos dañino y lamentable?
La búsqueda de la libertad, por cualquier medio que se intente, es la más alta expresión de la dignidad. Condenar o entorpecer ese sentimiento, que jamás podrá ser aniquilado en el corazón del hombre, es una traición imperdonable. Ponerse voluntariamente de parte de los que apuñalan, ametrallan y amordazan a los pueblos, por el hecho de querer cruzar las fronteras de su prisión, es traicionar la historia de la humanidad; porque la historia (es decir, la razón colectiva) estará siempre de parte de esa multitud acosada, de ese hombre que, sin más ideal que el de huir del terror, se refugia en masa en una embajada, aborda un avión o se lanza al mar. La razón pertenece al perseguido. Condenar esa actitud es condenar la vida misma, es condenar la huida del conejo cuando llegan los cazadores o la estampida en el bosque cuando estalla el incendio. La voz de “sálvese el que pueda” parece que le resulta desagradable a García Márquez.
Es ya hora de que todos los intelectuales del mundo libre (los demás no existen) tomen una actitud contra este tipo de propagandista sin escrúpulos del totalitarismo que, amparándose en las garantías y las utilidades que la libertad le ofrece, se dedica a socavarla. ¿Puede haber sitio en los países democráticos para aquellos que pretenden aniquilar la democracia? En ese sentido la actitud de los Estados Unidos y de Europa Occidental es sencillamente estúpida y suicida. Esta torpeza e ingenuidad les habrá de costar muy caras. Democracia debe ser la posibilidad que tenga todo hombre de vivir libre y dignamente, y no la tontería de abrir nuestras puertas al maligno, para que nos mine el hogar mientras dorminos y al abrir los ojos (ya demasiado tarde) despertemos en el cepo… Y me pregunto, ¿por qué estos intelectuales apologistas de los paraísos comunistas, no residen en ellos? ¿O es que prefieren cobrar allá y acá, y disfrutar de la comodidad y las garantías del mundo occidental?
La paciencia tiene sus límites, sobre todo para aquellos que llevan en el alma o en el cuerpo las humillaciones, vejaciones y chantajes que se padecen bajo los sistemas totalitarios.                                                                             

Reinaldo Arenas                                                                                         

01:02 pm, by thischarmingman19817 notes




Lo más evidente es lo más misterioso. Tenemos delante a cientos de seres humanos y, sobre todo, nos tenemos a nosotros mismos. Disponemos de bibliotecas enteras y miles de sitios de Internet acerca del tema. Es posible llenarnos con la sabiduría de los sabios de ayer y hoy. Sin embargo, lo ignoramos todo. No sabemos quiénes somos ni quiénes son nuestros prójimos más próximos.                                                                                                                                                                                
                                                                                       

 
A menudo escuchamos que se ha conquistado la última frontera en el espacio estelar, en las profundidades marinas o en las entrañas de la tierra, pero aún no hemos llegado a conocer del todo el abismo que llevamos adentro, la oscuridad de la que provenimos y las tinieblas a la que nos aproximamos a cada segundo.                                                                                                                                                                                                                             
Si las cosas no fueran efímeras, no valdrían tanto: el terror y la maravilla de este día es que nunca antes fue y nunca jamás volverá a ser.                                                                           

                                                   




José Emilio Pacheco   (1939 - 2014)                                                                  

Lo más evidente es lo más misterioso. Tenemos delante a cientos de seres humanos y, sobre todo, nos tenemos a nosotros mismos. Disponemos de bibliotecas enteras y miles de sitios de Internet acerca del tema. Es posible llenarnos con la sabiduría de los sabios de ayer y hoy. Sin embargo, lo ignoramos todo. No sabemos quiénes somos ni quiénes son nuestros prójimos más próximos.                                                                                                                                                                                

                                                                                      

A menudo escuchamos que se ha conquistado la última frontera en el espacio estelar, en las profundidades marinas o en las entrañas de la tierra, pero aún no hemos llegado a conocer del todo el abismo que llevamos adentro, la oscuridad de la que provenimos y las tinieblas a la que nos aproximamos a cada segundo.                                                                                                                                                                                                                            

Si las cosas no fueran efímeras, no valdrían tanto: el terror y la maravilla de este día es que nunca antes fue y nunca jamás volverá a ser.                                                                           

                                                  

José Emilio Pacheco   (1939 - 2014)                                                                  

08:14 pm, by thischarmingman198141 notes




I woke up one morning to find I was famous. I bought a white Rolls-Royce and drove down Sunset Boulevard, wearing dark specs and a white suit, waving like the Queen Mum.                                                                                                                         




Peter O’Toole  (1932 - 2013)                                                                                                      

I woke up one morning to find I was famous. I bought a white Rolls-Royce and drove down Sunset Boulevard, wearing dark specs and a white suit, waving like the Queen Mum.                                                                                                                         

Peter O’Toole  (1932 - 2013)                                                                                                      

09:21 pm, by thischarmingman19813 notes




Tragedies can be resolved in one of two ways: there is the Shakespearean resolution and there is the Chekhovian one. At the end of a Shakespearean tragedy, the stage is strewn with dead bodies and maybe there’s some justice hovering high above. A Chekhov tragedy, on the other hand, ends with everybody disillusioned, embittered, heartbroken, disappointed, absolutely shattered, but still alive. And I want a Chekhovian resolution, not a Shakespearean one, for the Israeli/Palestine tragedy.                                                                         



 




Amos Oz                                                                                          



 

Tragedies can be resolved in one of two ways: there is the Shakespearean resolution and there is the Chekhovian one. At the end of a Shakespearean tragedy, the stage is strewn with dead bodies and maybe there’s some justice hovering high above. A Chekhov tragedy, on the other hand, ends with everybody disillusioned, embittered, heartbroken, disappointed, absolutely shattered, but still alive. And I want a Chekhovian resolution, not a Shakespearean one, for the Israeli/Palestine tragedy.                                                                        

 

Amos Oz                                                                                          

 

11:17 pm, by thischarmingman19815 notes




Los libros que más recuerdo son los que robé en México DF, entre los dieciséis y los diecinueve años, y los que compré en Chile cuando tenía veinte, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde fuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louÿs, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Sé que tenía dieciséis años y que Louÿs se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbohm (El hipócrita feliz), de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por lo tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana cualquiera en la abigarrada avenida Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del DF me escamotean, como si Niño Perdido sólo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con sus espectáculos, se hubiera, efectivamente, perdido, tal como me perdí yo a los dieciséis años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Armado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El general William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque yo la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del DF, que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar: era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que no supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi americana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte, no fue en la Librería de Cristal sino en la Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o de Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de la Librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras una larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La caída, ninguno de los cuales había robado allí.                                                                                         




Roberto Bolaño                                                                                                                                 

 

Los libros que más recuerdo son los que robé en México DF, entre los dieciséis y los diecinueve años, y los que compré en Chile cuando tenía veinte, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde fuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louÿs, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Sé que tenía dieciséis años y que Louÿs se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbohm (El hipócrita feliz), de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por lo tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana cualquiera en la abigarrada avenida Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del DF me escamotean, como si Niño Perdido sólo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con sus espectáculos, se hubiera, efectivamente, perdido, tal como me perdí yo a los dieciséis años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Armado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El general William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque yo la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del DF, que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar: era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que no supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi americana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte, no fue en la Librería de Cristal sino en la Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o de Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de la Librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras una larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La caída, ninguno de los cuales había robado allí.                                                                                        

Roberto Bolaño                                                                                                                                

 

11:41 pm, by thischarmingman198145 notes

somewhere i have never travelled, gladly beyond
any experience, your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which i cannot touch because they are too near                                                                 

your slightest look easily will unclose me
though i have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skilfully, mysteriously) her first rose                                                                            

or if your wish be to close me, i and
my life will shut very beautifully, suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;                                                                                

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility: whose texture
compels me with the color of its countries,
rendering death and forever with each breathing                                                                                        

(i do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands                                                                                       

e.e. cummings                                                                                                                           

11:02 pm, by thischarmingman19812 notes


A man may die, nations may rise and fall, but an idea lives on.                                                                     










John F. Kennedy  (1917 - 1963)                                                                                                                                                                             

A man may die, nations may rise and fall, but an idea lives on.                                                                     

John F. Kennedy  (1917 - 1963)                                                                                                                                                                             

01:53 pm, by thischarmingman19816 notes

One does not establish a dictatorship in order to safeguard a revolution; one makes a revolution in order to establish a dictatorship.                  

 

 

 

George Orwell                                  

 

 

11:31 am, by thischarmingman19818 notes




I find myself increasingly shocked at the unthinking and automatic rubbishing of men which is now so part of our culture that it is hardly even noticed. Great things have been achieved through feminism. We now have pretty much equality at least on the pay and opportunities front, though almost nothing has been done on child care, the real liberation. We have many wonderful, clever, powerful women everywhere, but what is happening to men? Why did this have to be at the cost of men?
I was in a class of nine- and 10-year-olds, girls and boys, and this young woman was telling these kids that the reason for wars was the innately violent nature of men. You could see the little girls, fat with complacency and conceit while the little boys sat there crumpled, apologising for their existence, thinking this was going to be the pattern of their lives. The teacher tried to catch my eye, thinking I would approve of this rubbish.
This kind of thing is happening in schools all over the place and no one says a thing. It has become a kind of religion that you can’t criticise because then you become a traitor to the great cause, which I am not.
It is time we began to ask who are these women who continually rubbish men. The most stupid, ill-educated and nasty woman can rubbish the nicest, kindest and most intelligent man and no one protests. Men seem to be so cowed that they can’t fight back, and it is time they did.                                                                                                                                                                                                                                   



                                                                                                      





Doris Lessing (1919 - 2013)                                                                                                                                                                                                                                                                                           



                                                  

I find myself increasingly shocked at the unthinking and automatic rubbishing of men which is now so part of our culture that it is hardly even noticed. Great things have been achieved through feminism. We now have pretty much equality at least on the pay and opportunities front, though almost nothing has been done on child care, the real liberation. We have many wonderful, clever, powerful women everywhere, but what is happening to men? Why did this have to be at the cost of men?

I was in a class of nine- and 10-year-olds, girls and boys, and this young woman was telling these kids that the reason for wars was the innately violent nature of men. You could see the little girls, fat with complacency and conceit while the little boys sat there crumpled, apologising for their existence, thinking this was going to be the pattern of their lives. The teacher tried to catch my eye, thinking I would approve of this rubbish.

This kind of thing is happening in schools all over the place and no one says a thing. It has become a kind of religion that you can’t criticise because then you become a traitor to the great cause, which I am not.

It is time we began to ask who are these women who continually rubbish men. The most stupid, ill-educated and nasty woman can rubbish the nicest, kindest and most intelligent man and no one protests. Men seem to be so cowed that they can’t fight back, and it is time they did.                                                                                                                                                                                                                                  

                                                                                                      

Doris Lessing (1919 - 2013)                                                                                                                                                                                                                                                                                          

                                                  

09:49 pm, by thischarmingman19814 notes

Lou Reed, Walk on the Wild Side

08:48 pm, by thischarmingman19813 notes

The National, I Need My Girl

10:20 pm, by thischarmingman1981




WHEN I heard the learn’d astronomer;When the proofs, the figures, were ranged in columns before me;When I was shown the charts and the diagrams, to add, divide, and measure them;
When I, sitting, heard the astronomer, where he lectured with much applause in the lecture-room,
How soon, unaccountable, I became tired and sick;Till rising and gliding out, I wander’d off by myself,In the mystical moist night-air, and from time to time,Look’d up in perfect silence at the stars.                                       




 

Walt Whitman                     
(To B.B., my star, my perfect silence…)



 

WHEN I heard the learn’d astronomer;
When the proofs, the figures, were ranged in columns before me;
When I was shown the charts and the diagrams, to add, divide, and measure them;

When I, sitting, heard the astronomer, where he lectured with much applause in the lecture-room,


How soon, unaccountable, I became tired and sick;
Till rising and gliding out, I wander’d off by myself,
In the mystical moist night-air, and from time to time,
Look’d up in perfect silence at the stars.                                       

 

Walt Whitman                     

(To B.B., my starmy perfect silence…)

 

02:47 pm, by thischarmingman19819 notes

King Krule, Border Line

12:55 pm, by thischarmingman19814 notes




To be modern is to find ourselves in an environment that promises us adventure, power, joy, growth, transformation of ourselves and the world  ̶  and at the same time that threatens to destroy everything we have, everything we know, everything we are.                                     




 

Marshall Berman (1940 - 2013)                                                                                    

To be modern is to find ourselves in an environment that promises us adventure, power, joy, growth, transformation of ourselves and the world  ̶  and at the same time that threatens to destroy everything we have, everything we know, everything we are.                                     

 

Marshall Berman (1940 - 2013)                                                                                    

01:07 pm, by thischarmingman198111 notes

I have long kept September 11 as a day of mourning, because it was on that date in 1973 that Salvador Allende was murdered and Chilean democracy assassinated along with him. We know all the details now, from the way the giant corporations subsidized subversion to the way that US politicians commissioned “hit jobs” and sabotage. It took the Chilean opposition many years of patient struggle to regain their country and their democracy, and the small help I was able to offer them is one of the few things in my life of which I can be proud. There was one spirited attempt to kill Augusto Pinochet himself during this period, with which I had some sneaking sympathy, but on the whole the weaponry of terror (death squads, car bombs, the training of special killers) was in the department of horror employed by Chilean and US officials working for, or with, the dictatorship. And now Chilean dignity has been restored, and Pinochet himself is a discredited and indicted figure, spared the rigor of law only for humanitarian reasons. We may even live to see justice done to some of his backers in Washington, though the holding of breath would be inadvisable.

I don’t know any Chilean participant in this great historic struggle who would not rather have died—you’ll have to excuse the expression—than commit an outrage against humanity that was even remotely comparable to the atrocities in New York, Washington and Pennsylvania. And I think I’ll leave it at that, since those who don’t see my point by now are never going to do so.

There are others who mourn September 11 because it was on that day in 1683 that the hitherto unstoppable armies of Islam were defeated by a Polish general outside the gates of Vienna. The date marks the closest that proselytizing Islam ever came to making itself a superpower by military conquest. From then on, the Muslim civilization, which once had so much to teach the Christian West, went into a protracted eclipse. I cannot of course be certain, but I think it is highly probable that this is the date that certain antimodernist forces want us to remember as painfully as they do. And if I am right, then it’s not even facile or superficial to connect the recent aggression against American civil society with any current “human rights issue.”                                                                                            

 

                                                                                                      

 

Christopher Hitchens                                                                                         

 

 

12:26 pm, by thischarmingman198110 notes