This Charming Man



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Si la palabra rompe el silencio de las cosas carentes de ella, pero es incapaz de captar en conceptos su ser inagotable, y si es el mito el que se propone decir lo no aprehendido por el logos, en consecuencia la música tiene que albergar en su seno la relación más íntima con lo mítico. Quizá sea ella aquel residuo mítico que se afirma con fuerza hasta el momento actual, cuando la música se ha hecho omnipresente gracias al desarrollo tecnológico. Es un tapiz de sonidos, una atmósfera, un ambiente. Ya se ha convertido en el susurro fundamental de nuestra existencia. Quien con el auricular puesto se sienta en el metro o corre por el parque, vive en dos mundos. Apolíneamente viaja o corre; dionisíacamente escucha. La música ha socializado el trascender y lo ha convertido en un deporte de masas. Las discotecas y las salas de conciertos son las catedrales de hoy. Una parte considerable de la humanidad entre los trece y los treinta años vive hoy en los dionisiacos espacios no lingüísticos y prelógicos del rock y el pop. Los oleajes de música no conocen límites, minan los terrenos políticos y las ideologías, tal como se mostró en los cambios de 1989. La música funda nuevas comunidades, traslada a un estado diferente, abre otro ser. El espacio auditivo es capaz de envolver al individuo y hacer que desaparezca el mundo exterior. Pero la música enlaza a los oyentes en otro nivel. Aun cuando éstos se conviertan en mónadas sin ventanas, no están solitarios cuando suena lo mismo en todos ellos. La música posibilita una profunda coherencia social en un estrato de la conciencia que antes se llamó «mítico».


Rüdiger Safranski

Si la palabra rompe el silencio de las cosas carentes de ella, pero es incapaz de captar en conceptos su ser inagotable, y si es el mito el que se propone decir lo no aprehendido por el logos, en consecuencia la música tiene que albergar en su seno la relación más íntima con lo mítico. Quizá sea ella aquel residuo mítico que se afirma con fuerza hasta el momento actual, cuando la música se ha hecho omnipresente gracias al desarrollo tecnológico. Es un tapiz de sonidos, una atmósfera, un ambiente. Ya se ha convertido en el susurro fundamental de nuestra existencia. Quien con el auricular puesto se sienta en el metro o corre por el parque, vive en dos mundos. Apolíneamente viaja o corre; dionisíacamente escucha. La música ha socializado el trascender y lo ha convertido en un deporte de masas. Las discotecas y las salas de conciertos son las catedrales de hoy. Una parte considerable de la humanidad entre los trece y los treinta años vive hoy en los dionisiacos espacios no lingüísticos y prelógicos del rock y el pop. Los oleajes de música no conocen límites, minan los terrenos políticos y las ideologías, tal como se mostró en los cambios de 1989. La música funda nuevas comunidades, traslada a un estado diferente, abre otro ser. El espacio auditivo es capaz de envolver al individuo y hacer que desaparezca el mundo exterior. Pero la música enlaza a los oyentes en otro nivel. Aun cuando éstos se conviertan en mónadas sin ventanas, no están solitarios cuando suena lo mismo en todos ellos. La música posibilita una profunda coherencia social en un estrato de la conciencia que antes se llamó «mítico».

Rüdiger Safranski


01:16 am, by thischarmingman19811 note

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