This Charming Man



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A List Of Things That Make Life Worth Living

(By RockStroke)






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George Steiner





El erotismo, encubierto o declarado, imaginado o llevado a la práctica, está entretejido con la enseñanza, con la fenomenología del Magisterio y el discipulazgo. Este hecho elemental ha sido trivializado por una fijación en el acoso sexual. Pero sigue siendo esencial. ¿Cómo podría ser de otro modo? El pulso de la enseñanza es la persuasión. El profesor solicita atención, acuerdo y, óptimamente, disconformidad colaboradora. Invita a la confianza: «sólo se puede cambiar amor por amor y confianza por confianza», como dijo Marx, con idealismo, en sus manuscritos de 1844. La persuasión es tanto positiva —«comparte esta habilidad conmigo, sígueme en este arte y en esta práctica, lee este texto»— como negativa —«no creas esto, no malgastes tiempo y esfuerzo en aquello»—. La dinámica es la misma: construir una comunidad sobre la base de la comunicación, una coherencia de sentimientos, pasiones y frustraciones compartidas. En la persuasión, en la solicitación, aunque sea del género más abstracto y teórico —la demostración de un teorema matemático, la enseñanza del contrapunto musical—, es inevitable un proceso de seducción, deseada o accidental. El Maestro, el pedagogo, se dirige al intelecto, a la imaginación, al sistema nervioso, a la entraña misma de su oyente. Cuando se enseñan destrezas físicas —deporte, ejecución musical—, se dirige al cuerpo. El hecho de dirigirse y el de recibir, lo psicológico y lo físico, son estrictamente inseparables (vean una clase de ballet en pleno funcionamiento). Se apela a una totalidad de mente y cuerpo. Un Maestro carismático, un «profe» inspirado toma en sus manos, en una aprehensión psicosomática, radicalmente «totalitaria», el espíritu vivo de sus alumnos o discípulos. Los peligros y los privilegios no conocen límites. Toda «irrupción» en el otro a través de la persuasión o la amenaza (el miedo es un gran profesor) raya en lo erótico, lo libera. La confianza, el ofrecimiento y la aceptación tienen unas raíces que son también sexuales. La enseñanza y el aprendizaje se ven determinados por una sexualidad del alma humana de otro modo inexpresable. Esta sexualidad erotiza la comprensión y la imitatio. Añádase a esto el elemento clave de que, en las artes y en las humanidades, el material que se enseña, la música que se practica y se analiza, están per se cargados de emociones. Dichas emociones, en una parte considerable, tendrán afinidades inmediatas o indirectas con el ámbito del amor. Intuyo que las solicitaciones de las ciencias utilizan su propio eros, aunque de una manera más difícil de parafrasear.
 Una «clase magistral», una tutoría, un seminario, hasta una conferencia, pueden generar una atmósfera saturada de tensiones cordiales. Las intimidades, los celos, los desencantos se irán convirtiendo en movimientos de amor u odio o en complejas mezclas de ambos. La puesta en escena contiene deseo y traición, manipulación y distanciamiento, al igual que en el repertorio del eros. «Eres el único amante que he tenido que sea verdaderamente digno de mí», se jacta Alcibíades, aunque sólo sea porque Sócrates, como todo auténtico Maestro, «es el único hombre en el mundo que puede hacer que me sienta avergonzado».    





George Steiner    

El erotismo, encubierto o declarado, imaginado o llevado a la práctica, está entretejido con la enseñanza, con la fenomenología del Magisterio y el discipulazgo. Este hecho elemental ha sido trivializado por una fijación en el acoso sexual. Pero sigue siendo esencial. ¿Cómo podría ser de otro modo? El pulso de la enseñanza es la persuasión. El profesor solicita atención, acuerdo y, óptimamente, disconformidad colaboradora. Invita a la confianza: «sólo se puede cambiar amor por amor y confianza por confianza», como dijo Marx, con idealismo, en sus manuscritos de 1844. La persuasión es tanto positiva —«comparte esta habilidad conmigo, sígueme en este arte y en esta práctica, lee este texto»— como negativa —«no creas esto, no malgastes tiempo y esfuerzo en aquello»—. La dinámica es la misma: construir una comunidad sobre la base de la comunicación, una coherencia de sentimientos, pasiones y frustraciones compartidas. En la persuasión, en la solicitación, aunque sea del género más abstracto y teórico —la demostración de un teorema matemático, la enseñanza del contrapunto musical—, es inevitable un proceso de seducción, deseada o accidental. El Maestro, el pedagogo, se dirige al intelecto, a la imaginación, al sistema nervioso, a la entraña misma de su oyente. Cuando se enseñan destrezas físicas —deporte, ejecución musical—, se dirige al cuerpo. El hecho de dirigirse y el de recibir, lo psicológico y lo físico, son estrictamente inseparables (vean una clase de ballet en pleno funcionamiento). Se apela a una totalidad de mente y cuerpo. Un Maestro carismático, un «profe» inspirado toma en sus manos, en una aprehensión psicosomática, radicalmente «totalitaria», el espíritu vivo de sus alumnos o discípulos. Los peligros y los privilegios no conocen límites. Toda «irrupción» en el otro a través de la persuasión o la amenaza (el miedo es un gran profesor) raya en lo erótico, lo libera. La confianza, el ofrecimiento y la aceptación tienen unas raíces que son también sexuales. La enseñanza y el aprendizaje se ven determinados por una sexualidad del alma humana de otro modo inexpresable. Esta sexualidad erotiza la comprensión y la imitatio. Añádase a esto el elemento clave de que, en las artes y en las humanidades, el material que se enseña, la música que se practica y se analiza, están per se cargados de emociones. Dichas emociones, en una parte considerable, tendrán afinidades inmediatas o indirectas con el ámbito del amor. Intuyo que las solicitaciones de las ciencias utilizan su propio eros, aunque de una manera más difícil de parafrasear.

 Una «clase magistral», una tutoría, un seminario, hasta una conferencia, pueden generar una atmósfera saturada de tensiones cordiales. Las intimidades, los celos, los desencantos se irán convirtiendo en movimientos de amor u odio o en complejas mezclas de ambos. La puesta en escena contiene deseo y traición, manipulación y distanciamiento, al igual que en el repertorio del eros. «Eres el único amante que he tenido que sea verdaderamente digno de mí», se jacta Alcibíades, aunque sólo sea porque Sócrates, como todo auténtico Maestro, «es el único hombre en el mundo que puede hacer que me sienta avergonzado».    


George Steiner    

09:27 pm, by thischarmingman19814 notes




Throughout history, mythologies of justice and of the ideal state have tended towards one of two directions. Either they postulate the inherent fallibility of man, the permanence of a measure of injustice and absurdity in human affairs, the necessary imperfection of all mechanisms of power, and the consequent perils of attempting to establish a mortal utopia. Or they will affirm that man is perfectible, that reason and will can conquer the inequities of the social order, that the civitas Dei must be built now and upon earth, and that transcendental justifications of the ways of God to men are cunning myths intended to stifle the revolutionary instincts of the oppressed. Among adherents to the first alternative are those political thinkers and rulers whom we qualify as empiricists or liberals, all who distrust final solutions and who believe that imperfection is inseparable from historical reality; among them we count those who are inclined to believe that any ideal governance imposed upon the many by the passionate intelligence and outraged humanitarianism of the few will degenerate, by some fatal law of entropy, into hideous misrule. Opposed to this attitude of scepticism and resignation are the partisans of The Republic, the chiliasts, the visionaries of the Fifth Monarchy, the Comtians—all the enemies of the open and imperfect society. These men are haunted by the stupidities and evils prevalent in human affairs. They are prepared, at the price of apocalyptic warfare and fanatic self-denial, to uproot the old citadels of corruption and to wade, if need be, through “seas of blood” (the constant image of the medieval Taborites) to the new “city of the sun.”





George Steiner

Throughout history, mythologies of justice and of the ideal state have tended towards one of two directions. Either they postulate the inherent fallibility of man, the permanence of a measure of injustice and absurdity in human affairs, the necessary imperfection of all mechanisms of power, and the consequent perils of attempting to establish a mortal utopia. Or they will affirm that man is perfectible, that reason and will can conquer the inequities of the social order, that the civitas Dei must be built now and upon earth, and that transcendental justifications of the ways of God to men are cunning myths intended to stifle the revolutionary instincts of the oppressed. Among adherents to the first alternative are those political thinkers and rulers whom we qualify as empiricists or liberals, all who distrust final solutions and who believe that imperfection is inseparable from historical reality; among them we count those who are inclined to believe that any ideal governance imposed upon the many by the passionate intelligence and outraged humanitarianism of the few will degenerate, by some fatal law of entropy, into hideous misrule. Opposed to this attitude of scepticism and resignation are the partisans of The Republic, the chiliasts, the visionaries of the Fifth Monarchy, the Comtians—all the enemies of the open and imperfect society. These men are haunted by the stupidities and evils prevalent in human affairs. They are prepared, at the price of apocalyptic warfare and fanatic self-denial, to uproot the old citadels of corruption and to wade, if need be, through “seas of blood” (the constant image of the medieval Taborites) to the new “city of the sun.”

George Steiner


05:04 pm, by thischarmingman19812 notes




Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben  exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es  incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la  misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus  lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la  virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una  manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas,  casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan  rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna  psicología pueden predecir ni calcular su fuerza. En diferentes  momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos  completamente diferentes. En la experiencia humana no hay fenomenología  más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción…


George Steiner (Imagen: Biblioteca de Londres bombardeada)

Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología pueden predecir ni calcular su fuerza. En diferentes momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos completamente diferentes. En la experiencia humana no hay fenomenología más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción…

George Steiner (Imagen: Biblioteca de Londres bombardeada)


10:31 pm, by thischarmingman198112 notes

El encuentro con el libro, como con el hombre o la mujer, que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio, podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos. Puede hallarse, polvoriento y olvidado, en una sección justo al lado del volumen que buscamos. La extraña sonoridad de la palabra impresa en la cubierta gastada puede capturar nuestra mirada: Zaratustra, Diván Oriental y Occidental, Moby Dick, Horcynus Orca . Mientras un texto sobreviva, en algún lugar de esta tierra, aunque sea en un silencio que nada viene a romper, siempre es capaz de resucitar. Walter Benjamin lo enseñaba, Borges hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente. Puede aguardar siglos para despertar un eco vivificador. Puede estar en venta a mitad de precio en una estación de ferrocarril, como estaba el primer Celan que descubrí por azar y abrí. Desde aquel momento fortuito, mi vida se vio transformada y he tratado de aprender “una lengua al norte del futuro”.
George Steiner

11:54 pm, by thischarmingman19818 notes

“Sin embargo, lo que con excesiva frecuencia ha venido a continuación ha sido una farsa de la argumentación y la investigación responsables. Se han ensalzado textos folclóricos, subalfabetismos y antialfabetismos artificiosos y publicitados a bombo y platillo. Se han institucionalizado seudoplanes de estudios a costa de disciplinas imprescindibles, creando no una liberación sino nuevos guetos para los afroamericanos o los chicanos. Se ha reescrito la historia hasta llegar a la parodia. Lo cierto es que, para bien o para mal (me he pasado toda mi vida profesional insistiendo en la cuestión de las correlaciones entre las humanidades y lo inhumano), nuestra herencia en Occidente es la de Jerusalén, Atenas y Roma. El alfabeto de las cosas que reconocemos como nuestras es el que han desarrollado unos «varones blancos difuntos». Nuestras piedras de toque en lo literario, en lo filosófico, en lo estético, tienen todas ellas un núcleo europeo o estadounidense, a menudo muy influido desde el exterior y ahora matizado y enriquecido por la pluralidad étnica. Considerar que Sófocles, Dante o Shakespeare están mancillados por una mentalidad imperialista, colonialista, es pura y simple estupidez. Desechar la poesía o la novela occidentales desde Cervantes hasta Proust por «machismo» es ceguera. Como también lo es la renuncia a la fuerza creativa de las gramáticas y los vocabularios desarrollados bajo la presión del vandalismo y la reducción lingüísticos. Que Bach y Beethoven llegan a límites del empeño humano que sobrepasan el rap o el heavy metal; que Keats pone en solfa ideas a las que Bob Dylan es ajeno, es o debiera ser algo evidente por sí mismo, sean cuales fueren las connotaciones político-sociales —y en efecto las hay— de tal convicción.
 Con honrosas excepciones, la traición, una vez más, ha venido de los clérigos. Académicos, críticos culturales e historiadores han aullado con los lobos, esperando popularidad o perdón. Florece el masoquismo penitencial. Son los profesores (y sus asustados decanos) los que han quebrantado el «juramento hipocrático» de buscar la verdad, de proponerse lograr claridad en sus juicios, de arriesgarse a la impopularidad, cosa que un profesor tiene que hacer, aunque sea en su silencioso fuero interno, cuando obedece a su vocación. Las consecuencias —que llegan hasta la banalización del programa de estudios, del proceso de examen, de los nombramientos para puestos en los colleges y universidades, de la publicación seria y la financiación— han sido dañinas. Actualmente, en las humanidades hay una excesiva programación de cursos que debe su carácter fantasmal al recuerdo de lo que ya no se enseña, de la proscripción de cuestiones tabú.
 Se han trazado paralelismos entre la caza de brujas de Salem y la imposición de la corrección política. Se han amordazado declaraciones básicas que se refieren a los orígenes y a la ubicuidad de la esclavitud dentro de África, evocadoras del genio del pensamiento griego para la argumentación, que observan la resonancia mundial de algunas lenguas y textos canónicos occidentales. Se ha acosado a profesores e investigadores; se ha recompensado con largueza a «revisionistas» espurios. Las ciencias no conocen semejante estupidez. Este punto crucial se pasa a menudo por alto. El legado de Arquímedes, Galileo, Newton y Darwin sigue estando seguro. (Lo cual no significa en modo alguno la omisión de, por ejemplo, las matemáticas indias o la temprana tecnología china.) En la ciencia, la engañifa, y mucho más la falsificación por motivos de raza, género o ideología está —hasta donde es humanamente posible— excluida. La corrección es la de la ecuación, no la de la política de la cobardía. Esta diferencia —podemos conjeturar— ayuda a explicar el relativo prestigio y dignidad que actualmente poseen las ciencias y las letras humanas.”

George Steiner

10:51 pm, by thischarmingman19813 notes

Los peligros se corresponden con el júbilo. Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Un Maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir. Una enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estilo de instrucción que, conscientemente o no, sea cínico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de raíz la esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío. Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados. La antienseñanza, estadísticamente, está cerca de ser la norma. Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez más escasos que los artistas virtuosos o los sabios. Los maestros de escuela que forman el alma y el cuerpo, que saben lo que está en juego, que son conscientes de la interrelación de confianza y vulnerabilidad, de la fusión orgánica de responsabilidad y respuesta son alarmantemente pocos. Ovidio nos recuerda que «no hay mayor maravilla». En realidad, como sabemos, la mayoría de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la enseñanza secundaria, a quienes acudimos en busca de guía y ejemplo, son unos sepultureros más o menos afables. Se esfuerzan en rebajar a sus alumnos a su propio nivel de faena mediocre. No «abren Delfos» sino que lo cierran.
El contrapunto ideal de un verdadero Maestro no es ninguna fantasía o utopía romántica fuera de la realidad. Los que hemos sido afortunados habremos topado con verdaderos Maestros, ya se trate de Sócrates o de Emerson, de Nadia Boulanger o de Max Ferdinand Perutz. Es frecuente que permanezcan en el anonimato: aislados maestros y maestras de escuela que despiertan el don que posee un niño o un adolescente, que ponen una obsesión en su camino. Prestándoles un libro, quedándose después de las clases, dispuestos a que vayan a buscarlos.
George Steiner

05:15 am, by thischarmingman1981